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Introducción

Desde que los seres humanos adquirieron, en la noche de los tiempos, la capacidad de concebir la existencia de un universo inmaterial en torno suyo, las experiencias que les proporcionaban el contacto con esa otra realidad, la posibilidad de llegar a percibirla, se convirtieron en muchas ocasiones y circunstancias en el aspecto central de las vivencias religiosas. En si mismas, tales experiencias no son más que el resultado de estados alterados de la conciencia o, si se prefiere, de un psiquismo extra-ordinario, alcanzando su punto más álgido en el llamado trance extático.

En palabras de E. Rhode (1973: 316): “En el éxtasis, liberación del alma de las ataduras del cuerpo y comunicación con la divinidad, al alma le nacen nuevos impulsos de los que nada sabe en su existencia cotidiana, cohibida como está en la envoltura de su cuerpo. Pero ahora que vive en libertad como un espíritu entre los demás espíritus, alzada sobre el tiempo y sus limitaciones, el alma se encuentra en condiciones de lanzar su visión a cosas lejanas en el espacio, a donde sólo pueden mirar los ojos del espíritu”. Este éxtasis, que se parece mucho a la experiencia mística, si no es la misma cosa, tan propicio para el encuentro y la comunicación con la realidad trascendente, con un mundo dominado por la presencia divina, requiere para su consecución de unas técnicas y prácticas adecuadas que pueden ser de muy diversa índole.

A lo largo de todas las épocas y en las más variadas culturas, los trances de éxtasis místico, la experiencia extática en sí, han sido inducidos por procedimientos destinados a aislar al individuo de su realidad concreta, alterando su estado de conciencia. Para ello existen diversos modos que pueden emplearse solos o que, más a menudo, se presentan en ciertas combinaciones: el ayuno prolongado, la privación del sueño y los sentidos, el ejercicio físico violento o desmesurado, la flagelación y la autotortura, la meditación y la autoconcentración, así como la ingestión de sustancias químicas que ejercen una acción determinada sobre el cerebro, alterando los niveles de percepción. Todos estos procedimientos pueden ser definidos globalmente como psicoactivos, o por emplear una expresión más reciente, enteogénicos, ya que su finalidad no es otra que la de alterar el psiquismo ordinario, de activarlo para conseguir un estado de trance extático y sentirse uno con la divinidad.

De todos los mencionados, el uso de sustancias psicotrópicas o enteogénicas, frecuentemente de origen vegetal, fue ampliamente utilizado, aunque no en exclusiva, por las sociedades primitivas y arcaicas (Furst, 1972; Schultes y Hofmann, 1982) en las que desempeñó un papel cultural que con frecuencia ha pasado inadvertido (Furst, 1976), así como por muchos pueblos de la Antigüedad. Ocurre, sin embargo, que a menudo no se presta la suficiente atención al uso de las plantas enteogénicas y su significado en determinados ritos religiosos. Esto es particularmente cierto para el mundo antiguo, a pesar de la evidencia literaria e incluso arqueológica que no deja lugar para muchas dudas a cerca del conocimiento que los antiguos tenían de tales plantas y sus propiedades sobre la mente, así como de su utilización en contextos mágico-religiosos.

Sin embargo, esto no siempre ha sido así. En la segunda mitad del siglo XIX y en la primera mitad del XX no es raro encontrar estudiosos de las diversas culturas de la Antigüedad que, en un momento dado, se plantearon la importancia que pudieron haber tenido las sustancias capaces de alterar los estados mentales en ciertas prácticas mágicas y religiosas. Tal es el caso del ya citado Rhode, pero tambien el de Mircea Eliade, el de De Felice, el de Snijder, arqueólogo alemán estudioso del arte cretense, o el de Godbey con un bien documentado artículo sobre el Póximo Oriente. Y eso en un contexto en el que los estudios farmacológicos no estaban tan desarrollados y, por supuesto, la Etnobotánica no había hecho su aparición como disciplina científica, pese a la indudable influencia de figuras como la de Aldoux Huxley y la de Robert Graves.



En 1943 Albert Hofmann descubrió por accidente los efectos del LSD aunque la oleada psicodélica aún tardaría bastantes años en llegar. Mientras tanto la prohibición contemporánea sobre las drogas psicoactivas había comenzado el 1 de marzo de 1915 cuando entró en vigor la denominada Ley Harrison sobre Narcóticos que el Congreso americano aprobó el 14 de diciembre de 1914 y el presidente Wilson firmó tres días más tarde. Aunque tuvo que alterarse incluso la Constitución para prohibir el alcohol, en 1919 el Tribunal Supremo americano apeló a esta ley federal para prohibir los «narcóticos» y reclamar amplios poderes policiales a nivel federal en materia de «drogas peligrosas». El consmo de drogas se convirtió así en una cuestión de orden público que habría de alcanzar una magnitud desconocida a partir de los años sesenta, por lo que su estudio bajo el prisma de la Historia y la Arqueología parecía desaconsejable si uno no quería ser considerado sospechoso de simpatizar con los consumidores "delincuentes".

Así que, con el tiempo, los trabajos de Gordon Wasson, Schultes y el propio Hofmann se toparon no solo con la animadversión y la desconfianza del estamento académico sino también, finalmente, con un clima de abierta hostilidad en la política y la judicatura, a pesar de la rica historia científica del LSD y los hongos visionarios antes de su demonización definitiva. Pese a todo, algunos estudiosos de la Antigüedad, ámbito que habría de quedar totalmente relegado de la posterior eclosión de estudios etnofarmacológicos y etnobotánicos, mucho más centrados en las culturas autóctonas de América, Asia y Africa, como Gabra, Labat o Kritikos, consiguieron aún publicar algunos pocos trabajos bien documentados, si bien la mayoría trataban de la utilización y difusión del uso de la adormidera y el opio.


Cuando hace poco más de veinticinco años publiqué mi primer trabajo sobre el tema, los estudios sobre enteógenos en el mundo antiguo sencillamente no existían, a excepción de la magnífica obra de Wasson, Hofmann y Ruck sobre los Misterios de Eleusis junto con un par de ensayos de Robert Graves sobre "Los dos nacimientos de Dionisos" y "La comida de los centauros", y yo mismo tuve que ser precavido dada la incomprensión académica reinante. Sin embargo tuve la osadía, propia de una edad aún cercana a la juventud, de enviarle una separata al prof. Schultes, quien muy amablemente me contestó felicitándome por el mismo. Debo de confesar que hoy no lo habría hecho -los jóvenes son osados y un tanto icorrectos, afortunadamente-, pero aquello, también he de decirlo, me animó en gran manera.

Así que a partir de entonces me dedique a anotar y guardar escrupulosamente cualquier indicio que encontrara en la documentación sobre el uso de enteógenos en la Antigüedad, tarea en la que ocasionalmente también me ayudaron algunos colegas y amigos, mientras dedicaba la mayor parte de mi esfuerzo como profesor e investigador a otros temas mucho más ortodoxos y no tal mal considerados por los estamentos académicos imperantes. Tan solo en tres ocasiones me decidí a publicar algunos breves trabajos sobre el tema, aunque si organizé en otras tantas varios cursos monográficos de doctorado que llegaron a despertar bastante interés entre los alumnos, tanto de mi Departamento como de fuera de él.

Pasado el tiempo había conseguido reunir varias carpetas llenas de material diverso: anotaciones sobre textos antiguos, información arqueológica e iconográfica, referencias bibliográficas, etc. Así que empezé a ordenarlo todo con el fín de poder publicar finalmente un libro. Además, parcece que el tabú imperante durante tanto tiempo empezaba a ser relegado y advertía con satisfacción que algunos jóvenes investigadores, de mi propio país y también extranjeros, empezaban a investigar y publicar sus trabajos en revistas científicas que antes dudosamente los hubieran aceptado y hasta hubo quién se atrevió a realizar una tesis doctoral sobre las drogas en la Prehistoria de Europa, que finalmente se ha convertido en una publicación de éxito.

Cuando tenía aproximadamente unas cien páginas escritas, una mala experiencia profesional me hizo desencantarme con las editoriales, por lo que pensé que seguramente la solución pasaba por publicarlo gratuitamente en la red. A fin de cuentas mi trabajo como empleado de la educación pública me exigía una difusión de los conocimientos que había alcanzado que considero va más allá de mis clases en la universidad y que difícilmente podía ser colmada por una editorial comercial. Sopesadas las opciones, decidí elegir el formato de un blog, ya que al ser una publicación abierta podría ser facilmente actualizada, cosa que se presentaba mucho más complicada de haber escogido el formato de un libro electrónico.

Y este es el resultado, un blog que comenzó su andadura en septiembre de 2007 y que poco a poco ha ido incorporando, no solo nuevos trabajos mios, sino toda la información que he podido encontrar sobre los enteógenos en la Antigüedad y las no pocas cuestiones con ello relacionadas. Ahora le toca juzgar al lector si el trabajo ha merecido y sigue mereciendo la pena. Paralelamente me he animado a publicar algunos textos recientes en un formato más académico, con profusión de citas y notas, tan al gusto de los colegas, y que no resultaba conveniente en una página de estas características. A su debido tiempo incluiré los enlaces, a fin de que, si hay alguién interesado, pueda llegar a consultarlos.

Una advertencia final. Nadie va a encontrar aquí una apología del uso indiscriminado de las drogas ni un estudio de tipo esotérico sobre sus bondades al ponernos en contacto con "la otra realidad". Como materialista empírico y científico social, si se me permite la expresión, estoy mucho más interesado en el papel que pudieron llegar a jugar, mediente su manipulación o su prohibición, para ayudar a justificar una visión del mundo y la sociedad impuestas por las elites de turno, aunque ello no siempre resulte una tarea sencilla y en la que es posible que no siempre lo haya resuelto con éxito.


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